Cuéntame un cuento


Llevaba a su hijo en volandas, medio dormido ya, hasta su cama.
Lo dejó con suavidad sobre el colchón y lo tapó con la manta. El pequeño abrió un ojo y antes de que su padre saliera de la habitación le pidió que le contara un cuento.
– ¡Pero si ya estabas dormido! -exclamó su padre.
– Uno corto, porfi.
– Vale.
El padre arrimó la silla del escritorio a la cama, se inclinó hacia su hijo y comenzó a relatar: “Cuando despertó, el dinosaurio todavía estaba allí”.
El niño ya tenía los ojos como platos. Le encantaban los dinosaurios e invitó a su padre a que prosiguiera el relato.
– Ya está. -dijo su padre.
– ¿Cómo que ya está? Eso no es un cuento. -se quejó el niño.
– ¡Oye, qué es un clásico de Monterroso! Más respeto. Y ahora a dormir.
Su padre apagó la luz de la habitación mientras su hijo se recogía como una bola bajo la manta sin dejar de refunfuñar.
Aquella noche, el niño soñó que se despertaba y que había un dinosaurio a su lado. El dinosaurio le dijo que su padre le había pedido que le contara el resto del cuento.
Los ojos del niño se abrieron de nuevo como platos.

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