Odio y asco en el super


Tan mal le sentó cómo acabó su relación que cada vez que pensaba en ella se le revolvían las tripas. Era algo psicosomático, no lo podía evitar. Era oír su nombre y comenzar a dolerle la tripa. Si sospechaba que podían coincidir en algún lado, le daban arcadas. Cuando pasaba cerca de su trabajo, rezaba para no cruzarse con ella.

Pero en una ciudad tan pequeña era inevitable que alguna vez se encontraran. Fue en un gran almacén. Le pilló desprevenida, empujando su carro desinteresadamente mientras ojeaba el estante de los quesos.

Su carro chocó con el de ella. Al tiempo que giraba la vista esgrimía un poco convincente “perdón” y cuando vio a quién pertenecía el carrito su gesto se torció y las tripas se le revolvieron. Sintió asco, odio y nuevamente asco. La paella de hacía un par de horas se le subió de golpe a la garganta y siguió su camino imparable hasta la boca para salir despedida finalmente hacia el suelo.

Se recompuso en milésimas. Pasó la manga de su jersey por la boca, asió la barra del carro y esquivó el vómito para salir de aquel pasillo ante la perplejidad de su antigua amiga, la de los presentes y la suya propia.
Cuando perdió de vista los yogures abandonó el carro y salió corriendo del supermercado mientras una voz aburrida pedía por megafonía que se presentara el servicio de limpieza en el pasillo de los lácteos.

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