Un pequeño dios


Era un hombre pequeño, poca cosa, casi imperceptible.

También era ordenado. Por obligación. Disponía de una millonaria colección de cuadernos llenos de garabatos que sólo él entendía. Los tenía guardados por personas. Y estas personas, metidos en cajas según fecha.

Así era. Su principal entretenimiento era seguir a personas. Empezó a los 13 años. Era extremadamente tímido. Incapaz de acercarse y hablar a la chica que le gustaba comenzó a seguirla y apuntaba en un cuaderno las cosas que hacía, cuándo las hacía, con quién las hacía, si le gustaba o no hacerlas… En fin, cualquier detalle que pudiera ayudarle a conocerla mejor. Pensaba que, cuando reuniese toda la información necesaria, tendría la suficiente valentía como para acercarse a ella. Pero nunca era suficiente. Llenó cuadernos y cuadernos y jamás se atrevió a hablarle. Era una de las personas que mejor la conocían y ella ni siquiera sabía que existía. Así que desistió. Sabía perfectamente que nunca hablaría con la chica y dejó de rellenar cuadernos.

Pero había adquirido un hábito y alcanzado una depurada técnica para conocer a las personas desde la distancia. Pasados unos días, retomó la actividad. Eligió una persona al azar. Un caballero con el que solía coincidir en el autobús. En forma de fichas, rellenaba los espacios vividos por aquel hombre. Cuando se aburrió del hombre, pasó a la señora de la falda de cuadros escoceses, luego al caballero del taxi, al chico del lunar en la mejilla, a la madre de mellizos… Cuando ya no podía seguir ocultando los cuadernos a su madre, los quemaba en algún descampado. Sólo los pudo guardar una vez se independizó. Dedicaba 7 horas a dormir, 8 horas a trabajar y 9 a “acompañar” a la gente. Comía mientras les seguía, encima de un árbol, aprovechando que el sujeto se paraba en un bar, mientras andaba… Sólo entre semana. Los fines de semana no. Los fines de semana solían ser desordenados, caóticos, sin patrones para las personas… y eso no le gustaba.  Esos dos días los dedicaba a repasar las vidas que tenía guardadas en cajas. Ordenaba, deshechaba, seleccionaba cuadernos para volver a seguir a las personas… Había compartido con toda aquella gente cumpleaños, nacimientos, bodas, muertes… A veces lloraba recordando sus vidas. Eran más familia que su familia.

Sólo vivió 45 años. Le dio un infarto mientras seguía a la señora del moño azul. No era azul, azul. Era un grisáceo con reflejos azul claro, pero era más rápido escribir “la señora del moño azul” que “la señora de pelo canoso con reflejos azulados en el moño”. Cayó sobre el arbusto que le servía de escondite en aquel momento. Murió con una sonrisa en la boca. Podría no haber vivido su vida, pero había vivido muchas vidas.

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8 thoughts on “Un pequeño dios

  1. Palagrafias

    Muy buen relato con muy buen ritmo.Sabe conectar muy bien con el lector. Me recuerda a la peli La vida de los otros si no la has visto,te la recomiendo.
    Un hallazgo tu blog. Lo seguiré sin duda.
    Saludos

  2. Chavsky

    Que lindo blog! Lo descubrí por un tweet de Palagrafías, y me alegro: me encantan tus pequeñas ficciones! En cuanto a éste en particular, me dejó pensando… ¿habrá valido la pena ese trueque vital, de su vida por otras tantas ajenas?

    • nuriamuro

      Muchas gracias, Chavsky. Me alegro de que te gusten mis historias.

      En cuanto al protagonista yo creo que sí le mereció la pena. Hay mucha gente que no se atreve a vivir su vida. La vida de nuestro protagonista se compone de retazos de otras hasta formar un cuadro a su gusto. Eso sí, siempre como espectador, una manera de vivir que a él le parecía suficiente.

      Saludos.

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