Postales parisinas


París, 16 de septiembre de 1889

Querido diario,

Durante este verano, París ha explotado de alegría. ¡La gente está tan emocionada con la Torre Eiffel y la Exposición Universal! Hay una especie de “algo” en el ambiente. Le llaman modernidad. La gente sale más, sonríe más, es más amable. El calor acaricia nuestras mejillas, las flores perfuman el ambiente, el aire trae promesas de libertad renovada y todos nos hemos vuelto un poco locos.

Yo ya estaba loca de amor por lo que la Exposición no ha hecho más que multiplicar mis ansias. Más que loca de amor, estoy loca por amar, por la idea de amar y ser amada, de entregarme a otro, de ser feliz porque, ¡oh, sí!, estoy convencida de que en cuanto encuentre a mi hombre ideal, seré feliz.

Mi padre enfurece cada vez que le comento estas ideas mías. Yo ya tengo 13 años y él no comprende que soy toda una mujer. Soy una princesa encerrada en un castillo a la espera de mi príncipe azul. Y cuanto más encerrada me siento, más desbocados son mis deseos.

“Demasiada novelita rosa”, me dice mi padre. “Te han reblandecido la cabeza”.

Hoy he oído que la gente sube a la Torre Eiffel y lanza postales para que las recojan los transeúntes. ¡Qué maravilloso! He escrito una carta a mi amado y la voy a enviar. La recogerá de sus pies, la leerá y quedará embriagado por mi perfume (pienso perfumar la carta). Entonces vendrá a casa y me pedirá la mano. ¡Y por fin seré feliz!

Ilustración para el cuento corto Postales parisinas de Nuria Muro

Querido diario,

¡Ha sido horrible! ¡¡Horrible!! Mi padre es un monstruo. ¡Le odio con todo mi ser!

Tras mucho insistirle, hemos ido a la Exposición Universal, mi madre, él y yo. Yo llevaba mi carta a buen recaudo, pues no quería que ninguno de los dos la leyese. Una vez arriba, y tras el pertinente pago, mis padres ataron su postal (una aburrida retahíla de los mejores deseos para quien la encontrara) a un globo aerostático y la lanzaron desde la segunda plataforma de la Torre Eiffel.

He pedido a mi padre que me comprara un globo para poder lanzar mi carta. Eran un par de papeles en un sobre cerrado donde contaba un poco cómo era yo, mis aficiones, mis gustos, mi dirección… He incluido una foto y la he perfumado. Cuando la ha visto, ha entrado en cólera. Entra tantas veces en cólera que ya no recuerdo cómo era antes. Me la ha querido arrebatar de las manos. Mi madre ha tenido que interceder. Incluso el responsable de los globos aerostáticos de la Torre Eiffel también ha salido en mi defensa. Pero ha sido inútil. Mi padre no iba a permitir que lanzara una carta sin conocer su contenido.

Finalmente, la carta se nos ha escapado de las manos a los dos y ha caído torre abajo. La seguíamos con la mirada para saber dónde iba a caer y justo cuando estaba a escasos dos metros del suelo, una volada de aire la ha empujado y levantado de nuevo. El vuelo de la carta era ligero. Ha caído sobre el tejadillo de un bateau-mouche que surcaba el Sena y ya la hemos dado por perdida.

Él está enfadadísimo conmigo y ya no me dirige la palabra. Me es indiferente. Yo aun vivo con la esperanza de que esa carta de con las manos de mi príncipe azul y me rescate, por fin, de mi cautiverio.


*Este relato está incluido en el ebook Cuentos para leer a remojo que puedes descargarte gratis.
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