Marie


Aun faltaban unos minutos para que la habitación se iluminara cuando despertó. Al girar sobre la cama tropezó con el chico con el que había pasado la noche, que dormía profundamente. Apenas recordaba cómo era su cara. Al tacto, su cuerpo parecía estar bastante bien.

Optó por levantarse e ir al baño de puntillas, para que el frío de las baldosas no le subiera por la espalda y le martilleara la cabeza. Inútil.

Se bajó las bragas y se sentó en el inodoro. Su cara cambiaba conforme su vejiga se vaciaba. Del dolor al placer.

Detectados niveles anormales en la orina. Enviando informe a su médico le dijo su váter.

Del placer al dolor. “Mierda”, susurró.

Se metió en la ducha y dejó que el agua arrastrara hasta el desagüe todo lo turbio: la borrachera, el humo, las drogas, el sexo sin control. Su mente se fue enjuagando pero no mostraba ninguna idea clara. Otra noche perdida.

Cuando salió de la ducha tuvo que enfrentarse a su rostro en el espejo antivaho del lavabo. Había tenido resacas peores.
En ese momento, el cálido rostro de su médico apareció en el espejo. “Llamada entrante”. Bloqueó la salida de vídeo para evitar que su médico la viera vestida con una escueta toalla de baño y contestó.
Buenos días, doctor.
Buenos días, Marie. He recibido el último informe de tu orina. Supongo que se debe a que tuviste una noche movida, pero no quisiera restarle importancia. He detectado que vienes usando, o más bien, abusando de ciertas sustancias y es mi obligación decirte que si persistes en su consumo podrían ser extremadamente peligrosas para tu salud. Te mando información al respecto.
Sonó un timbre tras el espejo.
Le echaré un ojo, doctor. Pero no se preocupe, no volverá a ocurrir. Es cierto que anoche se me fue un poco de las manos, pero lo tengo bajo control.
Permíteme que lo dude, Marie. Los gráficos de las últimas semanas dicen todo lo contrario. Confío en que tomes una decisión responsable. De lo contrario, tendré que tomar medidas, por el bien de tu salud.
Está bien, doctor contestó Marie sin mucha convicción. Que tenga un buen día.
Adiós, Marie. Que tengas un buen día.

Marie se miró de nuevo al espejo, ahora entero sólo para su rostro, aunque en realidad no veía nada. Tenía la mirada perdida en un punto más allá del reflejo. El ruido del chico levantándose le sacó de su ensimismamiento.
Hola, nena saludó el chico apoyado en el umbral de la puerta del baño.
Marie se cruzó con él al salir del baño. Buen cuerpo, bonita cara, agradable perfume.
Te quiero fuera de mi casa en cinco minutos le contestó la chica sin mirarle a los ojos.
Joder, eres todo amor por las mañanas, eh.
El chico entró en el baño y cerró la puerta.

Marie se vistió y se preparó un café. Desde la cocina oía el agua de la ducha, pero su mirada estaba de nuevo perdida. Una fugaz imagen del chico corriendo desnudo hacia la habitación de Marie volvió a distraerla. Cuando este salió ya vestido, Marie le dijo: “Te quedan 30 segundos”.
¿Puedo…? preguntó el chico señalando a la jarra de café.
Marie asintió. El chaval echó café y leche en una taza y sin mezclarlo se lo bebió sin respirar.
Ya me llamarás le soltó con una dulce sonrisa y poniéndose la chaqueta. Cerró la puerta del piso con gran cuidado.
Marie miró a la nevera. El mensaje de que faltaba proteína y calcio parpadeaba en la puerta desde hacía un par de días.

El reloj marcaba las ocho en punto de la mañana. Marie vomitó el café.


*Este relato está incluido en el ebook Cuentos para leer a remojo que puedes descargarte gratis.
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