Inmovilizada


Acabó por comprender que cuanto más pensaba en las consecuencias que podrían tener sus actos, su cuerpo se paralizaba más y más.

“Está bien -pensó-, en estas circunstancias, ¿qué puedo hacer? No puedo mover ni un músculo”. Era cierto, no podía mover ningún músculo. A pesar de que su cerebro lo ordenara, ninguna extremidad de su cuerpo se movía.

Trató de calmarse y pensar qué podía hacer. “No puedo moverme, pero estoy pensando. También estoy respirando”. Sus ojos centellearon. “Quizá si…”. Inspiró lenta y profundamente aire por la nariz y cuando este copaba sus pulmones al máximo lo expulsó de golpe también por la nariz. Desde fuera era inapreciable, pero ella notó que su cuerpo se había movido ligeramente. “Otra vez”. Inspiró de nuevo y expulsó el aire con más fuerza. Alguno mocos saltaron pero no le importó porque notó que se sus pies se habían balanceado un poco. Había convertido su cuerpo en una especie de máquina de vapor y la fuerza del aire expulsado por la nariz le permitía imprimir un poco de movimiento. ¿Qué pasaría si finalmente conseguía hacer caer su cuerpo? “Que pase lo que tenga que pasar, pero tengo que hacer algo”.

Con la tercera espiración, el balanceo se hizo un poco más moderado y su cuerpo, finalmente, reaccionó. Concretamente, los dedos de los pies. Para evitar que el cuerpo cayera al suelo, los dedos de los pies se despertaron de su letargo e intentaron arañar el suelo. Notó cómo sus pequeños dedos rasgaban la plantilla de su zapato. “Algo es algo”.

Aprovechando el impulso del balanceo, continuó haciendo enérgicas inspiraciones y espiraciones. Pronto, los dedos de los pies no fueron capaces de contener el vaivén y, de nuevo, para evitar la caída, los pies se activaron y mantuvieron el equilibrio del cuerpo. Con la misma técnica logró desentumecer las piernas. Comprobó que la fuerza de las espiraciones ya no era suficiente para desestabilizar su cuerpo así que hizo una de las cosas que mejor se le daba hacer: correr.

Corrió cada vez más rápido, de manera que sus piernas pidieron ayuda a los brazos para poder mantener el equilibrio. Los brazos, incapaces, llamaron a la espalda y esta a la cintura. Había corrido más de un kilómetro sin parar y a gran velocidad hasta que se dio cuenta de que todo su cuerpo se había desentumecido y se encontraba ya muy lejos de todos sus miedos.


*Este relato está incluido en el ebook Cuentos para leer a remojo que puedes descargarte gratis.
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