El hombre de jabón


Jab era un hombre de jabón.

 Esto suponía que, si hacía ejercicio, la frente y las axilas se le llenaban de espuma. Cuando abría la boca para hablar salía despistada alguna burbuja de debajo de su lengua. Y al mear, bueno, ustedes ya se lo imaginarán.

 El mayor sueño de Jab era ver el mar. Verlo y olerlo.

 Un día conoció a una persona que se dirigía con su coche a la playa más cercana. Esta persona no era de jabón pero deseaba ver y oler el mar tanto como Jab. Durante todo el trayecto hablaron sobre cómo se imaginaban ellos que sería el momento en que vieran el mar por primera vez.

 Pero nada de lo que se imaginó Jab era comparable a lo que sintió en el momento en que pisó la arena. Los granitos de tierra parecían hormigas bajo sus pies a cada paso que daba. Con la vista siempre al frente, hacia el mar. El vaivén de las olas le tenía obnubilado, hechizado. Tal era su estado que no se percató de que había pisado arena húmeda y una ola se dirigía hacia sus pies. Sin tiempo para reaccionar la ola le alcanzó y Jab sintió cómo sus pies se convertían en espuma burbujeante. Las cosquillas le aterraban y le apasionaban al mismo tiempo. “Chaf, chaf” hacían las burbujas al explotar.

 Decidió no decidir. Se quedó ahí, quieto, dejando que el mar le comiera poco a poco y su espuma y la del mar se mezclaran y se fundieran en una sola.

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