Los trapos sucios


Hacía el servicio completo: le daban el dinero y ella iba al mercado, hacía y cocinaba el menú, disponía la mesa, servía los platos, los recogía, fregaba los cacharros y limpiaba después. Su entrada en las casas de buena familia era un torbellino de olores y sabores que pasaba fugaz y no dejaba rastro más que en los estómagos agradecidos de los comensales, ya fueran invitados o anfitriones.

Era un catering moderno en los años 30 de esa España partida en dos.

En aquella ocasión fue una cena especialmente animada pese a que sólo acudieron seis personas. Los anfitriones, un matrimonio joven con un ducado en el norte, el gobernador civil con su esposa y la pareja formada por el conde y su mujer. Los anfitriones ansiaban agradar a sus invitados; deseaban contactos, conexiones, asegurarse un salvoconducto por si aquel plan militar no salía bien y tenían que huir del país. La guerra, el general o los movimientos políticos, sociales, culturales y románticos de un lado y otro concentraron la mayor parte de la conversación.

Al acabar la cena, la sirvienta recogió todas las palabras vertidas en el mantel formando un saco de exquisito lino blanco que guardaba los secretos, las críticas y los cotilleos más peligrosos que nadie en aquel momento podía imaginarse.

Al día siguiente, la sirvienta fue a la casa a recoger el saco para llevarlo al lavadero. La dueña le dio una pastilla de jabón Lagarto de la buena, gorda y perfumada.

El lavadero era el ágora de las mujeres. Allí lavaban sus trapos sucios a la piedra. Pero en tiempos de escasez, el jabón era una de las cosas de las que se podía prescindir y les bastaba con agua y cenizas para blanquear la ropa. Por eso, la llegada de la sirvienta tras un banquete solía ser recibida con alegría.

“Déjame un poco de jabón que lo pase por este cuello”, “Dame una pasadica de lagarto por aquí, anda”, “Córtame un chusco de jabón, que te pasaré huevos luego”.

Al llegar a casa con la ropa lista para tender y la pastilla de jabón raquítica, la dueña le miró sorprendida y pidió explicaciones arqueando una ceja.

—Había mucho sucio que limpiar en este mantel —fue lo que obtuvo por respuesta.

 


*Este relato está incluido en el ebook Cuentos para leer a remojo que puedes descargarte gratis.
Anuncios

Responder

Introduce tus datos o haz clic en un icono para iniciar sesión:

Logo de WordPress.com

Estás comentando usando tu cuenta de WordPress.com. Cerrar sesión / Cambiar )

Imagen de Twitter

Estás comentando usando tu cuenta de Twitter. Cerrar sesión / Cambiar )

Foto de Facebook

Estás comentando usando tu cuenta de Facebook. Cerrar sesión / Cambiar )

Google+ photo

Estás comentando usando tu cuenta de Google+. Cerrar sesión / Cambiar )

Conectando a %s