Castigo de Dios


I

Eran los 70 y todo era imparable. La moda, la libertad y las ganas de divertirse de María, por poner sólo algunos ejemplos.

Se había comprado un vestido de color rosa y tejido de viscosa con corte por las rodillas, para que no se enfadara mamá, pero un poco ajustado para marcar sus curvas. Su madre había dado el visto bueno a la indumentaria y le dio algo de dinero para tomarse un refresco. María sintió un poco de vergüenza al recibir la calderilla. Menos mal que tenía algo ahorrado. Su madre estaba tan desactualizada…

La verdad es que no se lo pasó muy bien. Sabía que su madre no se dormiría hasta que ella llegara a casa y no pudo disfrutar completamente de la noche, de las risas y del baile por el peso de la conciencia.

Era antes de la hora que le habían señalado en casa cuando decidió volver. Tuvo que soportar las malas caras y comentarios de sus amigas (“Aburrida”, “Mira que eres responsable”, “No te sabes divertir”…). Contestó con una sonrisa y un gesto de resignación y salió a la calle camino a su casa.

Sin aviso previo, una tromba de agua cayó del cielo para mojarla por completo. Por si fuera poco el peso de la culpabilidad, comenzó a caer sobre sus hombros la lluvia.

II

La señora María se sobresaltó con el estallido del agua contra el suelo de la calle. Estaba tumbada en la cama pero no había pegado ojo en toda la noche pensando en las cosas terribles que podrían pasarle a su hija. A veces caía en la cuenta de que si no tenía algo con lo que sufrir, no sería merecedora del Reino de los Cielos y por eso buscaba cualquier excusa para sufrir. Sufrir era su verbo hecho carne.

Se asomó a la ventana con la vana esperanza de ver a su hija llegar a casa.

Se distrajo siguiendo las gotas hacer carreras por el cristal. “Mañana limpiaré las ventanas”, pensó.

Una mancha rosa la distrajo más allá del cristal. Enfocó la poca vista de lejos que le quedaba y vio a una chica joven correr por la calle.

─Menuda pilingui esa. ¿Cómo le habrán dejado salir así de casa?

A la señora María casi le da un infarto cuando aquella chica se dirigió hacia su casa y abrió la puerta.

III

─¿Por qué, Señor, por qué a mi? -decía la señora María mientras hacía entrar a casa a su hija vigilando que ninguna ventana vecina tuviera luz. ─Entra y que no te vea tu padre, por lo que más quieras.

María había pagado su responsabilidad con una broma del destino. La lluvia había encogido el vestido de viscosa hasta dejarlo en su mínima expresión, ajustadísimo por todos los lados.

Como caída del cielo, a la señora María ya le había llegado su excusa para sufrir.

 

 

 

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