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Yo ya estaba en mi asiento cuando ella llegó. Señaló con el dedo el asiento junto a la ventanilla y me pidió paso con un gesto de la cabeza. Supongo que no quería complicarse la vida hablando al no estar segura de cuál era mi idioma.

Le cedí el paso y volví a mis cosas. El avión no tardó en despegar.

Al poco rato aprecié un clic que se repetía cada cierto tiempo. Me giré a la izquierda. La chica miraba la ventanilla. En el reflejo apenas aprecié más detalle que el brillo de sus ojos. La luz del sol hacía centellear las lágrimas atrapadas en sus pestañas. Unos auriculares enormes le aislaban del mundo.

Acabé por cronometrar discretamente con mi móvil. Cada 3 minutos y 51 segundos, la chica le daba al botón de “canción previa” de su reproductor de música.

Clic.microrrelato previous track

Escuchaba una canción en bucle. Una canción que le liberaba o que le atrapaba. O ambas cosa a la vez.

Presté atención al sonido que salía de sus auriculares. Nada. No lograba sacar de qué canción se trataba. Supe que empezaba flojito, porque, aunque la canción había empezado, desde el exterior no se escuchaba nada. Luego aparecía el ritmo de la percusión. La canción iba in crescendo hasta acabar muriendo de la misma manera suave con la que había comenzado. Pero desde fuera era como brochazos gordos, no conseguía concretar ningún detalle más.

Con cada clic intentaba poner toda mi atención para ver si podía descubrir algo más. Su reproductor no tenía pantalla en la que poder echar el ojo para leer la pista o el autor. En un momento dado, cuando la canción se acabó, la chica no le dio al botón. Levanté la mirada porque pensé que me había pillado espiándola, pero no: se había quedado dormida. Rápidamente, me lancé sobre el mp3 y le día al botón |◄ La canción volvió a sonar y noté un gran alivio porque nuestra pequeña rutina continuaba.

Seguí dándole al botón durante todo el viaje. Había desistido ya de averiguar nada más acerca de la canción, pero me resistía a romper ese pequeño hilo que nos había unido en aquel vuelo.

La azafata se acercó para despertar a la chica y yo dejé el reproductor en su regazo antes de que abriera los ojos por completo. Nuestro viaje se acababa y el hilo estaba a punto de romperse.

La chica me miró. Tenía las pestañas secas ya. Sonreí. Ella me devolvió la sonrisa con educación. Se quitó los auriculares y recogió el mp3. Hundía en el fondo de su bolso nuestra pequeña historia y ella ni siquiera lo sospechaba.

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