La farsa teatral


Le gustaba el fútbol. Le encantaba. Lo mismo se acercaba a ver a su sobrino en un partido de alevines que iba al estadio de su ciudad, hiciera frío, lloviera o pegara un sol que aplanaba.

Conocía al dedillo entrenadores, jugadores y estrategias. Sabía que si llovía, a X jugador le daba una pereza enorme subir por la banda, o si hacía calor, el jugador Y sentía vahídos aunque los disimulara muy bien sobre el césped. Lo anotaba todo en un libro de Excel infernal para cualquier usuario medio con decenas de hojas en las que apuntaba todas las variables.

Sin embargo, nunca supo jugar al fútbol y, quizá por la misma razón, tampoco sabía muy bien cómo interactuar con la gente.

Comenzaba los partidos en silencio, tomando notas. Conforme cogía confianza en sus datos, soltaba alguna frase de cómo tenían que moverse o dirigir el equipo. Se iba emocionando y soltaba algún improperio. Su verborrea era imparable y no dejaba de comentar cada jugada, cada vez más alto.

Con la pasión, no notaba las miradas de extrañeza de la gente ni que, poco a poco, se iban cambiando de sitio hasta dejarlo sólo.

Aun tardaba más en darse cuenta de que el partido había terminado y que el estadio se había quedado casi vacío quedándose sólo como el figurante perdido de una farsa teatral.

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