Oro en los pulmones


A la forense ya nada le sorprendía. Bajo su bisturí tenía a un hombre de mediana edad con el pecho abierto y los pulmones llenos de oro.

Con cuidado, fue rascando los pulmones para extraer mota a mota el preciado metal. El polvillo caía sobre la mesa y brillaba de manera extraña bajo la luz del fluorescente.

La forense se quedó unos segundos mirando los reflejos que jugaban con las partículas doradas.

Las recogió todas con delicadeza arrastrando su mano por la mesa y metiendo la máxima cantidad posible en una bolsa de plástico. La pesó. 48 gramos.

-La viuda aun podrá sacarse un par de miles si lo empeña.

-¿Qué haces? -le preguntó su compañero cuando entró en la sala.

-La viuda sospechaba que su marido se había intoxicado con oro porque trabajaba en una mina. Me ha pedido que, si podía, se lo extrajera.

-Ummm -respondió su compañero. Se acercó al cadáver, echó un ojo al interior del cuerpo, luego levantó la bolsa y la puso al trasluz del fluorescente. -Me temo que se va a llevar un chasco: esto no es oro.

-Vaya -dijo la forense. -Desde luego, esta no ha sido una buena semana para la señora.

 

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