Bárbara y Fernando


En el salón, un pianista tocaba delicadamente las teclas de un clavicímbalo mientras Fernando y Bárbara almorzaban deleitándose en cada bocado.

Fernando, de vez en cuando, miraba a Bárbara al otro lado de la mesa y sonreía. Bárbara, que se había dado cuenta de las miradas fugaces de su esposo, acabó por perder la paciencia.

-¿Qué te ocurre, querido, que me miras tanto?

Fernando rió amable.

-Verás, Bárbara, estaba recordando cómo nos conocimos.

-¿Ah, sí?

-Sí. Verás, voy a serte sincero pese a que lo que te diga puede que no te sienta nada bien. Pero te amo, tengo la confianza suficiente contigo y conozco que, por tu carácter piadoso, no te sentará mal.

-Adelante, Fernando. Tengo curiosidad.

-Mi primer pensamiento cuando te vi fue de horror. Vi mi vida arruinada por encadenarla a la tuya.

-Entiendo. No soy tonta y con este aspecto mío -dijo señalando su oronda figura -raro sería lo contrario. Pero no podíamos permitirnos el lujo de casarnos por amor. Nuestro matrimonio formaba, y aun forma, parte de una estrategia geopolítica entre España y Portugal.

-Lo sé, lo sé… -contestó Fernando rascándose distraidamente el hoyuelo de su barbilla. -Pero pasaron los días, las semanas, los meses y me enamoré perdidamente de ti, de tu delicadeza, tu cultura, tu sensibilidad.

-Y yo de ti, Fernando. Lástima que no haya podido darte un heredero… -el gesto de Bárbara se ensombreció.

Fernando se encogió de hombros y ambos continuaron con el almuerzo mientras el clave sonaba de fondo.

-Muchas veces veo en la gente el mismo gesto de horror que tuve yo cuando te conoce por primera vez y me regocijo de manera silenciosa.

-¡Fernando…! -contestó Bárbara algo molesta.

-Me regocijo -dijo Fernando desoyendo las quejas de su esposa -porque son pobres ignorantes que se dejan llevar por el aspecto de una persona, como yo lo hacía, y desconocen que están ante la mujer más maravillosa que este planeta haya conocido jamás.

Bárbara se ruborizó.

-Gracias, querido Fernando. Siempre has sido un hombre muy amable. Incluso ese primer día en que nos conocimos. No dejes que ese remordimiento te quite más el sueño.

El marido asintió.

-Una última cosa, querida. ¿Me podrías hacer un favor?

-Si está en mi mano, por supuesto.

-Cuando fallezcas, procura hacerlo después que yo. De lo contrario, me volveré loco de nostalgia.

-Haré todo lo posible por complacerte, Fernando -aceptó Bárbara.

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