Asesinato en la bodega


Aquel asesinato en la bodega en la que trabajo fue un asunto incómodo para el negocio, pero sobretodo para mi, ya que ha alterado mi rutina diaria y me he visto obligada a dejar mis obligaciones laborales por un día para ir a testificar.

El juez se mueve incómodo en la silla y apremia a los abogados.

-Esta ciática me está matando. Sean breves, por favor.

El abogado de la acusación asiente.
-¿Vio usted al asesino? -me pregunta con seriedad.
-No le vi, pero le olí -respondo con seguridad.

El abogado ya me ha presentado como una eminencia en la enología, sumiller del año en diversas ocasiones, Nariz de Oro, etcétera.
-¿Podría identificarla?
-Por supuesto. Nada escapa a mi olfato.

El abogado me castiga con la mirada por aquella improvisación fuera de guión. Me da igual. El juicio está siendo televisado y yo puede que me quede sin trabajo si deciden cerrar la bodega. Tengo que venderme.

Como habíamos previsto, me vendan los ojos y comienzo a oler y a divagar por la sala, buscando esas notas de humedad, vino de doce años en barrica de roble y acetato de isoamilo que tengo grabadas en mi mente y en mi nariz.
-Es este -digo señalando con mi índice.
La sala murmura confusa y yo me quito la venda.

Tengo el dedo apuntando al juez.

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